domingo, junio 14, 2026
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LA VIDA TEMPORAL Y LA VIDA ETERNA

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LA VIDA TEMPORAL Y LA VIDA ETERNA :
El cristianismo, una religión de milagros y de misterios.

Hay dos errores gravísimos: el de instalarse cómodamente en la vida del tiempo, haciendo del camino fin y de lo provisional definitivo, comprometiendo así gravemente la vida en la eternidad; y el obsesionarse hasta la obnubilación con la vida eterna, de tal modo que, en un quietismo antivitalista, olvidemos que es aquí, en la vida temporal, donde hemos de definirnos para aquélla.
Es en el tiempo donde nos definimos para la salvación o la condenación eternas. Y es al fin del tiempo cuando ha de producirse el examen individual sobre el amor, es decir, sobre las obras, porque obras son amores y no buenas razones.

El milagro prueba el señorío de Dios sobre el orden de la naturaleza por El creado, que rompe o interrumpe.

El misterio prueba el señorío de Dios sobre la Verdad, que, sin dejar de serlo, el hombre, por sí solo, no puede ver en muchas de sus parcelas, necesitando que El se las revele.

Centrando nuestra atención en lo mistérico, para percibir y percatarse de la Verdad que oculta, hace falta, con la Revelación, una fuente de conocimiento más alto que la de los sentidos, y aún más alto que la que nos proporciona la razón. Esa fuente más elevada de conocimiento se llama la fe.

Si la luz de Dios -Lumen Dei- permite al bienaventurado contemplar intuitivamente, hacienda innecesaria la luz de los sentidos, la luz de la razón y la luz de la fe el hombre, en tanto esa bienaventuranza no llegue, aquí, en el tiempo y en el espacio, necesita para su andadura correcta, para no tropezar o para rehacerse del tropiezo, alumbrarse con la llama triple de los sentidos, de la razón y de la fe.

También el cristianismo, por ser mistérico, aunque parezca contradictorio no lo es, porque lo contradictorio no puede concordarse, mientras que lo paradójico explica y concuerda en su contexto lo que, en principio, es decir, a primera vista, se presenta como discordante, inconciliable y antinómico.

Hay , así , paradoja y no contradicción en frases conocidas como éstas: «los últimos serán los primeros», «el que se humilla será ensalzado»·, «mi paz os dejo, pero he venido a traer la guerra», «dichosos los que padecen», «el que quiera salvar su vida la perderá,….»

La suprema paradoja -y no contradicción, como veremos- no está en unas palabras, sino en un hecho clave. Cristo, Maestro de la Verdad, dice de Si mismo: «Yo soy la Vida»; y sin embargo, la Vida encarnada muere en la Cruz.

A este hecho clave hemos de llegar si con la luz de los sentidos, de la razón y de la fe, nos acercamos a la vida y a la muerte, como problema esencial de todo hombre; y, como un derivado, al derecho a vivir de coda hombre en su etapa histórica en la que vosotros y yo nos encontramos.

La muerte, como destrucción orgánica, es un fenómeno psicosomático, que transforma el cuerpo animado en cadáver, al estar desprovisto de animación. Un cadáver, durante algunas horas, como por inercia, mantiene la configuración corporal; y hay cadáveres que, artificialmente -embalsamamiento y momificación- o sobrenaturalmente -cadáveres incorruptos de algunos santos-, la conservan por tiempo indefinido. Pero, en cualquiera de los casos, allí no hay cuerpos, sino cadáveres.

Pero la muerte, en el hombre, es algo más que un fenómeno psicosomático, que puede homologarse con la muerte de otros seres vivos creados. la muerte en el hombre es un fenómeno metafísico, sobrevenido porque el hombre, siendo naturaleza creada, es sobrenaturaleza. El hombre, enmarcado en, y fruto de la tarea creadora genesíaca, aparece como un ser sobrenatural en un doble sentido: por una parte, se le proclama rey de la creación, destinado a dominarla -por lo que está sobre ella-, y por otra, el aliento de vida que le da el ser es un aliento divino eternizante y, por ello cualitativamente distinto e infinitamente superior al del resto de todo lo creado.

El hombre, criatura-eternizada, no fue, ni siquiera originariamente, criatura glorificada, pero el aliento divino de vida, que al espiritualizarle lo eternizó, hizo tránsito a su envoltura corporal, que de suyo, de por sí, hubiera estado sujeta a la muerte. El hombre del paraíso era un hombre inmortalizado. la muerte en el hombre es un acontecimiento metafísico sobrevenido. la muerte de la carne es el fruto de la desobediencia de su espíritu libre, el Haftuag que dirían los alemanes, la responsabilidad hecha castigo por la Schuld, es decir, por la culpa.

Por eso, yo acojo con ironía el esfuerzo de algunos defensores, incluso en el campo católico, de la teoría de la evolución, con su lista más o menos imaginaria de los antropoides intermedios. Para mí, lo que teológica e históricamente se ha producido en la humanidad es, en cierto modo, una involución, una degradación, un retroceso. No es que el antropoide, en un momento y en un lugar indeterminados, se haya convertido en hombre, con la posición erecta -bípedo implume- y el ensanchamiento de su ángulo facial, sino que el hombre inmortalizado, con inteligencia diáfana y voluntad firme, al rebelar libremente su espíritu contra Dios, privó a su alma, no de su eternización -porque el espíritu no perece-, pero Si de su glorificación, y a la carne de su inmortalidad. Reducida la carne a sí misma, inutilizada por el pecado la fuerza inmortalizante del espíritu, el cuerpo del hombre quedó aprisionado por el deterioro y el desfallecimiento de la naturaleza creada que, en principio, iba a dominar. Por el pecado, la naturaleza le dominó y sometió la carne -sólo naturaleza de por sí- a su propia ley de finitud.

A luz de la fe proyectada sobre la muerte del hombre, sobre su reencuentro con la tierra, de cuyo barro se formó su carne, sobre la reconversión en polvo de lo que no era más que polvo, nos conduce desde la promesa del Paraíso que se perdió al cumplimiento histórico y metahistórico de la misma promesa. El vástago de José anunciado en el Génesis, próximo para Isaías, recordado en el Adviento que acaba de comenzar, vine a destruir el pecado y con el pecado su fruto, que es la muerte.

Esa victoria la consigue la Vida encarnada muriendo, y muriendo en la Cruz. A partir de ese instante, la muerte cobra, con significado distinto, otra valencia sobrenatural. No deja de ser un fenómeno psicosomático, no deja de ser salario del pecado, no deja de ser guadaña segadora, pero es, al mismo tiempo, para el hombre en gracia, que ha escondido su vida en Cristo y muere en El y con El, llave del Paraíso y janua coeli, puerta del cielo. Pero hay algo más. En el Símbolo de la Fe decimos que «creemos en la resurrección de los muertos»,. la conversión de la guadaña en llave del muro que cierra en pórtico que se abre, es una realidad esperanzada para el cuerpo, que recobrará su incorruptibilidad y será inmortalizado y glorificado. Cuando se consume la victoria sobre la muerte, victoria que tuvo su principio y tiene su garantía en Cristo resucitado, con los ojos del cuerpo, que ahora no pueden ver a Dios, traspasados por el lumen gloriae, se podrá contemplar en Dios lo que El ha preparado para el gozo del hombre.

Todo esto nos lleva a lo que podríamos llamar una nueva visión de la muerte, de la vida y del status viatoris que discurre desde que la vida temporal se inicia hasta que la vida temporal concluye.

Nueva visión de la muerte: Aunque la muerte en el hombre no deje de ser la obra del Maligno, que por odio a la vida la introdujo en la humanidad; aunque la muerte vaya despertando como vivencia acosadora conforme transcurren los años y se advierta su cercanía; aunque la vivencia de la muerte produzca pánico, por lo que pueda implicar de dolorosa y de tránsito a lo desconocido, repugnancia por instinto de conservación, rebeldía ante lo que puede interpretarse como inhumano, tristeza amarga como frustración del ser, resignación estoica ante la imposibilidad de evitarla, todo ello en el cristianismo es superable, porque su visión de la muerte, sin ignorar esas reacciones, las supera.

Para el cristiano, que mira la muerte no sólo con la luz de los sentidos y de la razón, sino con la luz de la fe, la muerte no aniquila el ser. La muerte es una separación, una despedida del cuerpo y del espíritu por desfallecimiento de aquél. La despedida no es para siempre. No es un adiós, sino un hasta luego. Lo tremendo del hombre no es que muera de verdad, sino que, aun deteriorándose y pulverizándose el cuerpo, el hombre -su yo personal identificante- no muere nunca.

Nueva visión de la vida: la vida del hombre es lineal, pero ascendente. En ella hay, no uno, sino dos alumbramientos; y ambos son dolorosos, porque la redención del hombre y la vida histórica del hombre están signadas por el dolor. El primer alumbramiento es el parto. Por el parto, el hombre ve la luz del mundo. Por el parto se da a luz en el tiempo; y la separación del claustro materno es dolorosa para la madre y para el hijo; y dolorosa hasta el derramamiento de sangre. Por el segundo alumbramiento, se pasa a la luz de la eternidad. Este nuevo dar a luz es también separación dolorosa, porque hay dolor en el cuerpo, que siente su desanimación progresiva, y en el alma, que, al irse desprendiendo de la nebulosa de los sentidos, con todas sus potencias en vigor, tiene conciencia nítida del desgarro. El dolor de este alumbramiento es más profundo que el del primero, porque incide en la más íntima radicalidad del ser. De alguna manera podría recordarlo la separación de la uña de la carne, a que se refería doña Jimena al separarse del Cid, o la frase de Antonio Rivera, nuestro «Angel del Alcázar»: «¡Me estoy muriendo!»

Ahora bien; si la muerte es otro alumbramiento, como el del trigo que se pudre para hacerse espiga, o el gusano de seda que, luego de hacer su capullo, lo rompe y, alado, se hace mariposa, o el del hierro que, en la fragua, incandescente y cincelado y forjado, se convierte en obra de arte, la muerte no es una pérdida, sino una ganancia, como dice San Pablo, y todas aquellas reacciones, pánico, repugnancia, rebeldía resignación, se hacen deseo. Nadie como Teresa de Jesús manifiesta ese deseo, no de morir como huida, como olvido o como descanso, sino como anhelo de usar la llave y de abrir la puerta de la Vida, de morir precisamente para vivir. El desasosiego de morir por no morir florece en los versos famosos: «Y en tal alto Vida espero, que muero porque no muero.»

Nueva visión del status viatoris: En el aquí y ahora de la primera etapa vital, el hombre, a la luz de la fe, no contempla lo que ha de sucederle como una prolongación sino dio de aquélla; como un estirón sin final del tiempo; como un tiempo con prórroga interminable. El tiempo de la eternidad ya no es tiempo. Y el parto segundo de la muerte no es una prolongación longitudinal, sino una ascensión cualitativa.

En el itinere histórico el hombre transcurre en él ahora-tiempo, y, como señala Zubiri, desde un instante hacia un algo. El «ahora temporal» navega sobre el «siempre eterno»; y ese ahora comprende para el hombre desde su concepción hacia y hasta su muerte corporal. En ese ahora, el hombre se va configurando, conformando, definiendo y haciéndose definitivo, de tal forma que configurado, conformado y definido, es decir, consumado definitivamente, llega con su alma, al morir el cuerpo, a la eternidad.

La Parusía, que es la exaltación jubilosa, del triunfo final de Cristo, supone la absorción del tiempo por la eternidad, la inmortalidad gloriosa del cuerpo humane y la transformación de la naturaleza en una tierra y en un cielo nuevos.

Siendo esto así, para un cristiano la etapa histórica de su vida es una preparación y una provisionalidad. Durante ella ha de procurar ir definiéndose, es decir, preparándose y equipándose para la eterna. El ahora ha de estar en función del siempre, y el camino y el quehacer del camino han de concebirse en función de la meta.

Caben aquí, sin embargo, dos errores gravísimos: el de instalarse cómodamente en la vida del tiempo, haciendo del camino fin y de lo provisional definitivo, comprometiendo así gravemente la vida en la eternidad; y el obsesionarse hasta la obnubilación con la vida eterna, de tal modo que, en un quietismo antivitalista, olvidemos que es aquí, en la vida temporal, donde hemos de definirnos para aquélla.

Es en el tiempo donde nos definimos para la salvación o la condenación eternas. Y es al fin del tiempo cuando ha de producirse el examen individual sobre el amor, es decir, sobre las obras, porque obras son amores y no buenas razones.

Con esta perspectiva, debemos asomarnos a la cuestión actualísima como ninguna de la muerte y de la vida temporales. Una y otra se contemplan desde la luz de los sentidos y de la razón, pero, sobre todo, a la luz de la Verdad revelada y, por tanto, de la fe: la fe objetiva, como haz de verdades, y la fe subjetiva, como virtud teologal.

La vida y la muerte temporales, en función de la Vida o de la muerte eternas, se contorsionan en la ley, en las costumbres y en la conciencia individual y colectiva. Ahí donde la vida está amenazada, allí el cristiano ha de comparecer para dar testimonio de la verdad, aunque el testimonio conlleve persecución y sacrificio.

LA CRITICA DESTRUYE EL ALMA

LA CRITICA DESTRUYE EL ALMA :
El título del artículo de hoy corresponde a una práctica muy popular entre los seres humanos. Ese hábito que desde el amanecer y el anochecer nos acompaña, dentro o fuera de la Iglesia, con nuestros amigos, entre los compañeros de trabajo o estudio. Siempre está en nosotros.

No me refiero a una virtud de la cual debamos sentirnos orgullosos, sino a una mala costumbre que destruye nuestra alma, nuestras relaciones, nuestra reputación y lo peor aún, nuestra relación con Dios. El Padre Jorge Loring la definía como “el arte de criticar”.

Cuántos admiramos a los grandes compositores de música, pintores, escritores y todos aquellos artistas que se especializan y dedican de lleno a sus obras de arte. Nosotros compartimos estas características, somos dedicados y especialistas. Lastimosamente no para un arte de bien, sino un arte de mal. Somos especialistas en criticar.

Criticar es muy fácil, sólo basta utilizar nuestra lengua para pronunciar palabras que pueden llevar incluso hasta la muerte. O también utilizar nuestros dedos para escribir y hablar mal de los demás. Cuando de criticar se trata ponemos nuestros sentidos a la disposición.

Cuando criticamos negativamente somos “cristianos paganos” como el Papa Francisco ha denominado. Vamos a misa, comulgamos, escuchamos el Evangelio pero no lo llevamos a la vida diaria. Lucas 10,27 nos dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Acaso cuando criticamos cumplimos el mandamiento de amar a los demás?

Me atrevo a decir que la crítica tiene un lado positivo, y se da cuando se hace con el objetivo de ayudar a la otra persona a cambiar y ser mejor. Que nuestra crítica vaya acompañada de los atributos del criticado y, sobre todo, de propuestas de solución.

Cuando vayamos a criticar pensemos un poco sobre nuestros pecados y nuestro modo de vivir. ¿Son morales y cristianas nuestras costumbres? ¿No tenemos el mismo defecto del otro? Al hacernos estas preguntas seguramente nuestro deseo de criticar se verá debilitado. A veces criticamos lo que nosotros mismo padecemos y este es un mecanismo de autodefensa. Criticamos para que no nos critiquen. Señalamos para que no nos señalen. Con esto tratamos de ocultar nuestras verdaderas acciones.

Romanos 13,10 nos lo recuerda: “La caridad no hace mal al prójimo”. La caridad no ha pasado de moda, ni tampoco la prudencia. Cuando criticamos dañamos al prójimo, pisoteamos su dignidad y nos olvidamos de la frase “no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti”.

No nos cansemos de hacer el bien sin mirar a quien. No importa si la otra persona nos ha hecho daño a nosotros. Recordemos que debemos perdonar hasta setanta veces siete. No nos cansemos de perdonar tampoco. La crítica nace del odio, de las habladurías y muchas veces de la envidia.

Que nuestras críticas sean positivas para que no se destruya nuestra alma. Mantengamos siempre nuestra alma blanca, sin críticas, sin murmuraciones. No permitamos que el odio, la venganza y las críticas destruyan nuestro ser.

CUAL ES MI MISION EN ESTE MUNDO

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CUAL ES MI MISION EN ESTE MUNDO :
¿A qué me has llamado? ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué es lo que tengo y debo de hacer? ¿Podré descubrirlo? Y si lo hago… ¿Podré lograrlo? ¿Quién me guiará en este camino?

Siento el llamado, escucho esa voz diciendo mi nombre, pero los cantos del mundo, los gritos del hombre y mi poca voluntad para seguirla me impiden encontrar la fuente, hoy he descubierto que ese llamado viene de ti Dios mío, y es el llamado a mi verdadera vocación, ahora que lo sé, quiero participar de ese llamado de amor, quiero ser parte de ese llamado que me da la vida plena, ahora que peregrino por el mundo quiero dejarme encontrar por ti Jesús, dejarme moldear como el barro en las manos del Maestro, El Alfarero y dejarme amar por ti y corresponder ese llamado que me haces, más ahora que sé que el mundo nos necesita quiero lograrlo guiado por ti Señor, quiero dar frutos cumpliendo mi compromiso cristiano, frutos en la vocación de vida, frutos en la vocación de familia, frutos en la vocación de mi profesión pero sobre todo frutos en mi vocación de servicio, por eso te pido que me concedas descubrir mi misión, para conocerte y acercarme más a ti, siendo esa luz que brilla en medio de la oscuridad, pero no como una vasija de oro que brilla y solo es apariencia, ni como una vasija de plata que se luce y se enorgullecerme de sí misma ante los demás, ni como una vasija de cristal, que muestra su contenido sólo para que la vean, ni como la vasija de madera que sólo se usa en ciertas cosas como poniendo condiciones para hacer lo que le toca, quiero ser esa vasija de barro sencilla, vacía, quebrantada, casi destruida y sin fuerzas para que me restaures, me formes de nuevo, me purifiques, me uses y te viertas en mi.

Ahora sólo te pido Señor, que yo pueda lograr mi misión de llevarte y verterte en otros así como hoy te has vertido en mí, sé que soy una simple vasija pero que tu misericordia ha llenado. Te pido que nunca olvide que eso es lo que soy, una vasija llena de Ti que tiene una misión en este mundo, mostrar tu amor y misericordia a aquellos que no te conocen.

Toma mi vida quebrantada por el pecado y el mundo para que tus Manos cambien esa existencia, ayúdame siempre a recordar que soy lo que soy, Sí como una vasija vacía que en medio de las debilidades ha sido restaurada por tus manos que me crearon a tu imagen y semejanza para que en medio del egoísmo sea yo generoso y una persona de esperanza para todos aquellos que se acercan a buscarte Señor y así dentro de esta misión tan hermosa para la que me has escogido sea tus manos que salen al encuentro de todos y cumpla siempre mi Misión.

SEMBRADORES DE LA BUENA NUEVA

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“Salió el sembrador a sembrar su semilla. (…) La semilla es la Palabra de Dios.” (Lc 8, 5.11)

Antes de retornar al Padre, Jesús, Nuestro Señor, colocó en nuestras manos una gran tarea a ser cumplida: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21); “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (MC 16,15).
Joven peregrino, a partir de ahora esa tarea también está en tus manos. Existe algo urgente a ser realizado en este mundo; algo que no puede ser dejado para después, pues debe alcanzar a todos, en todo lugar: nuestra tarea es evangelizar, es decir, llenar los corazones, las naciones, la cultura, todo el mundo, con el Evangelio de Jesucristo.

La palabra “Evangelio” puede ser entendida, de modo bastante simple, como ‘buena noticia’. Evangelizar, por lo tanto significa llevar una buena noticia a alguien. Vivimos en un mundo en que muchos tienen acceso a todo tipo de información, todo el tiempo, por varios medios. Infelizmente, gran parte de las informaciones que dan vueltas por el planeta son bastante malas. Algunas personas llegan a preguntarse si todavía vale la pena intentar cambiar el rumbo de los acontecimientos, ya que todo esfuerzo parece demasiado pequeño. En un tiempo tan lleno de malas noticias, nosotros los cristianos tenemos una gran noticia que comunicar; ella es capaz de genera esperanza en los corazones, porque nos garantiza que Dios puede mucho más que nuestro solo esfuerzo. Nuestra buena notica tiene un nombre: ¡JESUCRISTO! Y el modo de comunicarla es sembrando la Palabra de Dios en los corazones y en las mentes humanas.

El Beato Juan Pablo II dijo en una ocasión que “Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo solo para sí, debe anunciarlo”. Tal vez tú ya hayas experimentado eso en tu propio corazón, ¿no es verdad? Anunciar a Jesucristo no es una tarea complicada o difícil, ¡por más que sea sublime! Pero, para lanzar la simiente del Evangelio en el corazón de alguien, es necesario que tú mismo estés con el corazón repleto de Cristo. ¿Cómo hacer eso? Familiarizándote con la Sagrada Escritura, donde Cristo se vuelve accesible para nosotros. Conocer la Escritura es zambullirse en el corazón de Dios, pues así como nuestras palabras manifiestan lo que hay dentro de nosotros, la Palabra de Dios refleja Su propio corazón, Su modo de pensar y actuar.

Es necesario “alimentarnos de la Palabra para ser servidores de la palabra”. Ésa fue la invitación de Papa Juan Pablo II en el umbral del tercer milenio. No te olvides que, para que tu tarea de evangelizador produzca frutos, tú mismo debes cuidar tu amistad con Dios, prestando atención a lo que Él te dice, por ejemplo, en cda celebración, pues la Palabra viva de Dios es el mismo Jesús, que conocemos y oímos por la predicación de la Escritura en la Iglesia. Busca, también, hacer de la Biblia la fuente de inspiración para tu oración.

Evangelizar es hacer resonar la Palabra de Cristo cerca de aquellos que deseamos alcanzar con la Buena Nueva. También nos dice Juan Pablo II que esa Palabra “interpela, orienta, plasma la existencia”. Anunciar a Cristo significa comunicar algo vivo, capaz de transformar para mejor, a aquel que lo Lo recibe. Nuestra palabras humanos no deben ser obstáculo para la simple y desafiadora verdad del Evangelio, sino que deben servir de vehículo para su expresión. El mensaje de Cristo es capaz de alcanzar el corazón de los hombres de todo tiempo y lugar (¡también en tu cuidad!), mas debemos ser fieles a ella, en comunión con la Iglesia y aquello que el Espíritu le dice. Nuestras ideas y proyectos, por mejores que sean, no se comparan a los proyectos y a la sabiduría de Dios manifestada en su Palabra y comunicada a nosotros por la Iglesia.

Joven peregrino, tú cargas dentro de ti una semilla poderosa, pues ella trae un maravilloso potencial de vida. La gran tarea confiada por Cristo a nosotros no es otra sino ésta: dividir esa semilla con otros corazones; ayudarlos a pasar de áridos desiertos a jardines bien irrigados por Dios. La palabra que tú escuchas en la liturgia, rezas en tus momentos de intimidad con el Señor y estudias para comprender mejor es la Buena Semilla, que precisa ser lanzada en este mundo. Ella comunica la vida del propio Cristo a aquellos que la acogen. Tal vez, bien cerca de ti, haya personas con hambre y sed del alma. ¡Cómo sería bueno verlas experimentar una vida nueva porque tú sembraste la Palabra en su corazón!

Arcángeles

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Martirologio Romano: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis miliarios de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que, sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesar.

Son los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura estos tres príncipes de la corte celestial.

Miguel aparece en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos; Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael acompañó al joven Tobías cuando cumplia un difícil encargo y se ocupó de solucionar difíciles asuntos de su esposa.

Actualmente, se habla mucho de los ángeles: se encuentran libros de todo tipo que tratan este tema; se venden «angelitos» de oro, plata o cuarzo; las personas se los cuelgan al cuello y comentan su importancia y sus nombres.

Hay que tener cuidado, pues se puede caer en dar a los ángeles atribuciones que no les corresponden y elevarlos a un lugar de semidioses, convertirlos en «amuletos» que hacen caer en la idolatría, o crear confusiones entre lo que son las inspiraciones del Espíritu Santo y los consejos de los ángeles.

Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses.

A pesar de que están de moda, por otro lado, es muy fácil que nos olvidemos de su existencia, por el ajetreo de la vida y principalmente, porque no los vemos.

Este olvido puede hacernos desaprovechar muchas gracias que Dios ha destinado para nosotros a través de los ángeles.

Por esta razón, la Iglesia ha fijado dos festividades para que, al menos dos días del año, nos acordemos de los ángeles y los arcángeles, nos alegremos y agradezcamos a Dios el que nos haya asignado un ángel custodio y aprovechemos estos días para pedir su ayuda.

Misión de los ángeles

Los ángeles son seres espirituales creados por Dios por una libre decisión de su Voluntad divina. Son seres inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.

Debido a su naturaleza espiritual, los ángeles no pueden ser vistos ni captados por los sentidos.

En algunas ocasiones muy especiales, con la intervención de Dios, se han visto y oído materialmente. La reacción de las personas al verlos u oírlos ha sido de asombro y de respeto. Por ejemplo, los profetas Daniel y Zacarías.

En el siglo IV, el arte religioso representó a los ángeles con forma de figura humana. En el siglo V, se le añadieron las alas, como símbolo de su prontitud en realizar la Voluntad divina y en trasladarse de un lugar a otro sin la menor dificultad.

En la Biblia encontramos algunos motivos para que los ángeles sean representados como seres brillantes, de aspecto humano y alados. Por ejemplo, el profeta Daniel escribe que un «ser que parecía varón» -se refería al arcángel Gabriel- volando rápidamente, vino a él (Daniel 8, 15-16; 9,21). Y, en el libro del Apocalipsis, son frecuente las apariciones de ángeles que claman, tocan las trompetas, llevan mensajes o son portadores de copas e incensarios; otros que suben, bajan o vuelan; otros que están de pie en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la tierra o junto al trono del Cordero, Cristo.

La misión de los ángeles es amar, servir y dar gloria a Dios, ser mensajeros y cuidar y ayudar a los hombres. Ellos están constantemente en la presencia de Dios, atentos a sus órdenes, orando, adorando, vigilando, cantando y alabando a Dios y pregonando sus perfecciones. Se puede decir que son mediadores, custodios, guardianes, protectores y ministros de la justicia divina.

La presencia y la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.

Con la lectura de estos textos, podemos descubrir algo más acerca de los ángeles:

nos protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas del mal.
luchan con todo su poder por y con nosotros.

Como ejemplo, está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado por un ángel (Hechos 12, 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.

Los ángeles nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.

Por ejemplo, tenemos las apariciones a la Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron mensajes de los ángeles.

Los ángeles cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos egipcios (Exódo 12, 29).

Los ángeles presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel Rafael dice a Tobías: «Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor», (Tob 12, 12 – 16).

Ellos nos animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. «Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente», (Lucas 15, 10).

¿POR QUÉ SEPTIEMBRE ES EL MES DE LA BIBLIA?

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Para los católicos es el mes de la Biblia porque el 30 de septiembre es el día de San Jerónimo, el hombre que dedicó su vida al estudio y a la traducción de la Biblia al latín. Naciò en Dalmacia, cerca del año 340 y muriò en Belén el 30 de septiembre de 420. San Jerónimo tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín.La traducción al latín de la Biblia hecha por San Jerónimo, llamada laVulgata (de vulgata editio, ‘edición para el pueblo’), ha sido hasta la promulgación de la Neovulgata en 1979, el texto bíblico oficial de la Iglesia católica romana.

Del «Mes de la Biblia» se desprende «el Día de la Biblia» el cual es conmemorado en varios países, aunque en distintas fechas, entre ellos:

* En Argentina (cuarto domingo de septiembre), no está institucionalizado por ley dicho día, sino que sólo se celebra por entidades religiosas en un ambiente ecuménico.

* En Chile aún no se aprueba por el gobierno la oficialización de un «Día de la Biblia», aunque ya existen propuestas que se están tramitando en el congreso para hacer que este día se lleve a cabo el último domingo de septiembre de cada año.

* En Perú igualmente lo celebran el día 30 de setiembre, con una eucaristía en la sede de la Conferencia Episcopal Peruana, que comparten un momento de oración con los representantes de otras confesiones religiosas presentes en el país como la iglesia Ortodoxa, Anglicana y Evangélica, entre otras

Otros países del continente

Venezuela, Nicaragua (último domingo de septiembre), República Dominicana (27 de septiembre), etc. En estos dos últimos países, dicho día se encuentra institucionalizado por ley.

¿Qué es la Biblia?
La palabra «Biblia» viene del griego y significa «libros». Es el conjunto de Libros Sagrados llamados también «Sagradas Escrituras» (Mateo 21:42; Hechos 8:32) que contienen la Palabra Viva de Dios y narran la «Historia de Salvación» (como Dios nos salva). Nos revela las verdades necesarias para conocerle, amarle y servirle.

La Biblia se divide en dos partes: Antiguo Testamento (antes de Cristo) y Nuevo Testamento (plenitud de la promesa en Cristo). «Testamento» significa «alianza» y se refiere a las alianzas que Dios pactó con los Israelitas en el Antiguo Testamento y la nueva y definitiva alianza que Dios hizo con los hombres en la Sangre de Jesucristo.

¿Por qué decimos que la Biblia es revelación de Dios?
«Revelación» significa darse a conocer. A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único (Jesucristo), en quien él se dice en plenitud (Heb 1,1-3). Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, determinó los libros de la Biblia y los reconoció como revelación divina. Ver desarrollo del canon>>>

Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. Dios inspira a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica.

¿Quién escribió la Biblia?
La Biblia es la Palabra de Dios, su autor es Dios que escribe por medio de los autores humanos. Muchos de los libros llevan el nombre del autor, otros, como los primeros, escritos por Moisés, no.

¿Cuando se escribió la Biblia?
Fue un largo proceso que comenzó unos 1300 años antes de Jesucristo. El último escritor fue San Juan +aprox.100AD.

¿Porque la Iglesia nos exhorta a leer la Biblia?
La Iglesia no cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (Tes 2,13). En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.

Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual.

Amar a los enemigos da miedo, pero es lo que nos pide Jesús

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Sólo con un corazón misericordioso podremos verdaderamente seguir a Jesús. Es lo que ha afirmado Papa Francisco en la Misa matutina en Casa Santa Marta. El Pontífice ha afirmado que la vida cristiana “no es una vida autorreferencial”, si no que es un don, sin egoísmo. Solo así será posible amar a los enemigos como nos pide el Señor.

Amad a vuestros enemigos. Papa Francisco ha desarrollado su homilía deteniéndose en la cita del Evangelio de Lucas en el que el Señor indica el camino del amor sin límites. Jesús, dijo el Papa, nos pide rezar por quien nos trata mal y ha puesto el acento sobre los verbos, utilizados por el Señor: “Amad, haced el bien, bendecid, rezad” y “no rechacéis”. “Es darse a uno mismo, afirmó, dar el corazón, justo a los que nos quieren mal, los que nos hacen daño, a los enemigos. Y esta es la novedad del Evangelio”. Jesús nos muestra, de hecho, que no es un mérito si amamos a los que nos aman, porque eso lo hacen también los pecadores. Los cristianos están llamados a amar a sus enemigos: “Haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio. Sin interés y vuestra recompensa será grande”. Cierto, reconoció el Pontífice, el Evangelio es una novedad. Una novedad difícil que hay que llevar adelante. Pero solo hay que seguir a Jesús”.

“’Padre, yo… yo no puedo hacer esto’. ‘Eso es problema tuyo, el camino del cristiano es este’. Este es el camino que Jesús nos enseña ¿Qué debo esperar? Id por el camino de Jesús, que es la misericordia; sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Solo con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja. Hasta el final. La vida cristiana no es una vida autorreferencial, es una vida que sale de sí misma para darse a los demás. Es un don, es amor, y el amor no se vuelve a sí mismo, no es egoísta: se da”.

Jesús, retomó, nos pide ser misericordiosos y no juzgar. Muchas veces, dijo, “parece que nosotros hemos sido nombrados jueces de los demás: murmurando, juzgamos a todos”. Sin embargo el Señor nos dice: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados”. Y al final nos pide que perdonemos y así seremos perdonados. Todos los días, reflexionó Papa Francisco, lo decimos en el Padrenuestro: ‘Perdónanos como nosotros perdonamos’. Si yo no perdono, ¿cómo puedo decirle al Padre: me perdonas?’”.

“Esta es la vida cristiana. ‘Pero Padre, esto es una necedad’, ¡Sí! Hemos escuchado estos días que San Pablo decía lo mismo: ‘La necedad de la Cruz de Cristo’, que no tiene nada que ver con la sabiduría del mundo. ‘Pero Padre, ¿ser cristiano es convertirse en necio de alguna manera?’. ¡Sí!, de alguna manera sí. Es renunciar a la astucia del mundo para hacer todo lo que Jesús nos dice que hagamos ya que si hacemos cuentas, si hacemos un balance parece que está todo en contra nuestra”.

“Pero este, advirtió, es el camino de Jesús: la magnanimidad, la generosidad: el darse sin medida”. Y por esto, añadió, “Jesús ha venido al mundo, y así hizo Él: ha dado, ha perdonado, no ha hablado mal de nadie, no ha juzgado”. “Ser cristiano no es fácil”, reconoció el Papa, y “no podemos convertirnos en cristianos”, solo podemos con la gracia de Dios, “no con nuestras fuerzas”.

“Aquí viene la oración que debemos hacer todos los días: ‘Señor, dame la gracia de convertirme en un buen cristiano, una buena cristiana, porque yo solo no puedo’. Una primera lectura de esto da miedo, da miedo. Pero tomemos el Evangelio y leamos de nuevo una segunda, tercera, cuarta vez, el capítulo VI de San Lucas: ¡hagámoslo!, y pidamos al Señor la gracia de entender qué es ser cristiano, y también la gracia de que Él nos regale ser cristianos. Porque nosotros no podemos hacerlo solos”.

¡Feliz cumpleaños María!

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LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
8 DE SEPTIEMBRE

La Virgen María fue la Madre de Jesús y, con este hecho, se cumplieron las Escrituras y todo lo dicho por los profetas. Dios escogió a esta mujer para ser la Madre de su Hijo. Con ella se aproximó la hora de la salvación. Por esta razón la Iglesia celebra esta fiesta con alabanzas y acciones de gracias.

Un poco de historia

El nacimiento de la Virgen María tuvo privilegios únicos. Ella vino al mundo sin pecado original. María, la elegida para ser Madre de Dios, era pura, santa, con todas las gracias más preciosas. Tenía la gracia santificante, desde su concepción.

Después del pecado original de Adán y Eva, Dios había prometido enviar al mundo a otra mujer cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente. Al nacer la Virgen María comenzó a cumplirse la promesa.

La vida de la Virgen María nos enseña a alabar a Dios por las gracias que le otorgó y por las bendiciones que por Ella derramó sobre el mundo. Podemos encomendar nuestras necesidades a Ella.

La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María se comenzó a celebrar oficialmente con el Papa San Sergio (687-701 d.C.) al establecer que se celebraran en Roma cuaro fiestas en honor de Nuestra Señora: la Anunciación, la Asunción, la Natividad y la Purificación.

Se desconoce el lugar donde nació la Virgen María. Algunos dicen que nació en Nazaret, pero otros opinan que nació en Jerusalén, en el barrio vecino a la piscina de Betesda. Ahí, ahora, hay una cripta en la iglesia de Santa Ana que se venera como el lugar en el que nació la Madre de Dios.

Algo que no debes olvidar

María vino al mundo sin pecado original y con la gracia santificante.
La Virgen María fue escogida para ser la Madre de Dios.
La Virgen María fue pura y santa.
Al nacer la Virgen María se cumplió la promesa de Dios de que mandaría al mundo a una mujer de la que nacería el Salvador para liberarnos del pecado.

Cómo vivir la fiesta en familia

Llevar flores a la Virgen en alguna capilla, en señal de que la amamos y dando gracias a Dios por haberla creado y escogido para esa gran misión.

Pedir a la Santísima Virgen María, para que nos consiga la gracia que más necesitemos en este momento de nuestra vida, como familia.

Oración

María, en este día que festejamos tu nacimiento, te pido que me ayudes a estar siempre cerca de ti y de tu Hijo Jesús.