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Los Sabios Ciegos y el Elefante

Cuenta la historia que alguien llevó un elefante a la corte del rey, que en ese momento estaba atendiendo diversos asuntos en el palacio. Los sa­bios de la corte comenzaron a estudiar al elefante. La gracia del relato está en que los sabios son ciegos, de modo que examinan al elefante guián­dose por el tacto. El primer sabio toca un costado del elefante y dice: «El elefante es como una pared». El segundo sabio toca la trompa y dice: «Es como una serpiente». El siguiente sostiene una de las patas del animal y asegura: «El elefante es como un árbol». El cuarto sabio palpa el colmillo y dice: «Es como una lanza», y el quinto sabio al tocar la oreja, afirma: «El elefante es como un abanico». El sexto y último sabio toca la cola del animal y concluye que el elefante es como una cuerda. Seguidamente los seis ciegos comienzan a discutir sobre quién tiene razón. El griterío llega a oídos del rey quien, molesto por el ruido, decide ir a ver qué sucede. El rey les explica que cada uno de ellos había logrado solo una imagen parcial del elefante; todos tenían algo de razón pero era preciso que considera­sen la información en su conjunto; solo así lograrían una visión global y comprenderían, verdaderamente, qué es un elefante.

Cada religión representa a Dios de manera diferente. Aunque existen semejanzas entre las diferentes representaciones como, por ejemplo, la necesidad de salvación de los seres huma­nos, estas similitudes no son más que coin­cidencias superficiales. Existen, en cambio, diferencias significativas y fundamentales, como la manera en que se alcanza esa salva­ción. Son estas diferencias fundamentales las que determinan que cada religión tenga un carácter distintivo y no haya conciliación posible entre ellas.

El problema con esta ilustración es que si Dios es el elefante y nosotros somos los sabios ciegos, no queda nadie a quien asignarle el papel del rey que ve la realidad en su totalidad, no hay nadie que pueda distanciarse lo suficiente como para ver con claridad. Paradójicamente, la historia cuyo propósito es demostrar que nadie tiene una visión correcta de Dios acaba probando exactamente lo contrario, pues solo podría hacer esta afirma­ción una persona que tuviera la visión correcta de Dios, Jesús.

“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.” 1ª Juan 5:20

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